Antonio Medina Guevara - Página de mis trabajos literarios
Antonio Medina Guevara - Página de mis trabajos literarios 
De mi primera publicación

Cavilaciones y párrafos de mis libros:

Un cuento de plebeyos y princesas.  

 

Cada vez que un niño dice que no cree en las hadas, muere un hada en algún sitio. Cuando un país entero deja de creer en las princesas, nace una cuenta en Suiza.

 

Había una vez un gran país que la historia y unas grandes montañas había mantenido alejado de los otros vecinos durante siglos. El país era muy bonito, grande y admirado por los viajeros de todo el mundo por sus paisajes, cultura y gastronomía, hasta llegar a ser uno de los reinos más visitados del planeta.

 

El país había sufrido interminables guerras por el afán de poder de sus reyes a través de la historia, lo que le había llevado a ser un gran imperio durante siglos, pero donde los súbditos nunca habían disfrutado de las riquezas del reino, hasta que la sociedad echó al rey y llegó un caudillo que al grito de “una, grande y libre” rompiendo su honor el traidor desencadenó una gran guerra entre hermanos que acabó con cualquier signo de esperanza de libertad, pero he allí que después de 40 años, después de haberse ido al extranjero miles y miles de perseguidos y millones de personas buscándose  la comida por todo el mundo, cuando la gente disfrutaba de cierto bienestar a pesar de tan indignos gobernantes, decidieron poner otra vez un rey con el objeto de parecerse a otros reinos democráticos cercanos.

 

Al principio la gente estaba contenta, pues el rey era campechano y defendía la libertad de todos, pero como ese reino tenía incrustada la corrupción en su identidad desde tiempos remotos, poco a poco los gobernantes, que en un principio parecían honrados, fueron siendo descubiertos en sus fechorías de algunas de sus tramas corruptas y enjuiciados, aunque rara vez eran condenados ante el beneplácito de los súbditos que, tal vez por acomodo, o porque no se daban cuenta de que los estaban arruinando a ellos y a sus descendientes, parecían no contemplar que se frenaban en su desarrollo por la acumulación de corruptos y vividores del sistema que recortaban derechos a los necesitados y no les importaba lo que pasaba en su gran país, mientras ellos se enriquecieran sin trabajar. El mal ejemplo cundió y desde las capitales a las aldeas se acomodaron a la buena vida miles y miles de sus gobernantes y a trabajar poco, o nada... La plebe seguía sin levantar cabeza por no querer cambiarlos por otros decentes.

 

Llegó a tal extremo la avaricia, la prepotencia y la falta honorabilidad, tanto de los gobernantes, como de la plebe que los elegía, que una princesa que sabía que nunca gobernaría se casó con un plebeyo y también decidieron en franca camaradería enriquecerse todavía más a través de los gobernantes corruptos y sus colaboradores necesarios, pero he ahí que algunos corregidores, pocos, pero honrados, fueron llevando a juicio a algunos de los miles de corruptos que gangrenaban la economía y la decencia comunitaria. Hasta incluso la princesa avariciosa y su desposado fueron enjuiciados, aunque eso sí, de acuerdo a sus reales méritos: al plebeyo lo mandaron un tiempo a las mazmorras y a la princesa la exculparon...

 

Se armó un revuelo tan grande que hasta la familia real se sonrojaba viendo pasar la decencia por fuera de sus palacios, pero estaban tranquilos porque sabían que los plebeyos seguirían una y otra vez a los mismos corruptos en el gobierno de la nación, las ciudades y hasta en los pueblos del gran país admirado por todos. Parte de la sociedad protestaba, pero legiones de complacientes los acallaban una y otra vez con patriotismo infundado, porque no querían problemas, o porque simplemente eran de la misma opinión que su princesa y gobernantes, así es que el gran país siguió siendo grande y admirado por todos, pero que de no cortar la sangría que sufrían la plebe en sus propios padres e hijos, llegaría un día en que ese gran país, a pesar de recaudar más y más impuestos cada día, resultarían insuficientes para una mínima justicia social del reino.

 

La gran mayoría miraban para otro lado porque no se daban cuenta de que también eran parte de los perjudicados, llegando incluso a ser mal vistos los que protestaban ante las indecencias por doquier. Otros se las daban de patriotas mientras no querían ver que el pueblo era robado o avasallado con sanciones hasta incluso por protestar, así es que llegaron a la conclusión de que tal vez la moral nunca se implantaría en el reino. Que no tenía solución....

 

En ese país de cuentos y cuentistas les leían a los niños uno de un tal Guillermo Tell, un arquero de un país lejano que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, así es que copiaron el cuento y pusieron una gran familia llamada Hacienda y a legiones de recaudadores para robar a los pobres y dárselo a los ricos… Algunos decían que la justicia era igual para todos, pero se les olvidaba decir que era para todos los de la realeza y el poder, no para ellos...

 

Es que en ese gran país detrás de las cordilleras no sabían leer la historia y la interpretaban al revés… Como siempre.

 

Y colorín, colorado, este cuento no se ha acabado.

 

 

Sobre mí como autor.

 

Nací en Zújar (1952, Granada, España) y estoy afincado en Badalona. Autor de novela y cuento con títulos publicados en España, Colombia, México y USA.

 

Soy co-fundador de AEAGRA

(Asociación de Escritores del Altiplano de Granada y Pozo Alcón (Jaén) y colaborador del Centro Andaluz de las Letras de la Junta de Andalucía.

 

Finalista en el premio Azorín de novela 2012 de la editorial Planeta y la Diputación de Alicante con la novela “Al lado de tierra santa”  Número uno en ventas en todo el mundo de la editorial Umbriel (Urano) en formato electrónico.

 

Finalista en el premio Hispania de novela histórica 2013 con la novela “Te esperaré en la Alcazaba”

 

Diploma de la fundación literaria Argentina Internacional por el trabajo “El último viaje de mi amigo”

 

VII  Premio de Cartas de amor de la biblioteca de Cúllar (Granada) 

 

Desde hace años que escribo historias y novelas para mis hijos de los que algunos se han publicado y otros quedan por ahí...

 

 

Un poco más sobre mí:

 

Entré al colegio público a los 7 años.

 

Mi niñez, a pesar de los míseros tiempos que corrían, fue perfecta. Mis primeros andares por la vida no pudieron ser mejores pues, aunque nada teníamos, apenas nada necesitábamos. Además allí teníamos campo, naturaleza y, sobre todo, libertad.

 

A los 11 años, después de acabar los estudios primarios y lo que entonces llamábamos "el ingreso" en un curso doble, gracias a don Juan Olivér Pérez, mi gran referencia de maestro que fue el que me preparó para examinarme (gratis) junto a varios cientos de casos similares de la comarca de Baza. Dos conseguimos plaza de internados en un colegio de Granada y,  mediante sendas becas con que el régimen de entonces premiaba así a unos pocos privilegiados, me fui a estudiar a la capital.

 

Y empecé bachillerato en Granada.

 

Más tarde, a final del año 66 y por motivos familiares, nos fuimos a vivir a Barcelona toda la familia. Sin embargo nunca me despegué de mi tierra y, ahora, que tengo más tiempo libre, vivo casi con un pie en cada sitio. En Barcelona compaginé trabajo y estudios, dirigí de joven alguna empresa, después fundé una sociedad mayorista en el gremio eléctrico y posteriormente fui constructor de edificios, que acabó esta funesta crisis que padecemos actualmente.

 

Me considero admirador de los escritores de las generaciones del 27 y del 98, lo que parece ser que se refleja un poco en mis textos.

 

Empecé a escribir tardíamente, pues nunca antes dispuse de tiempo, pero de manera casi casual y en un momento delicado, escribí una novela para mi hija María del Mar en un cumpleaños suyo y desde entonces repito cada año.

 

Actualmente espero el momento de poder jubilarme para dedicarme por completo a mis cosas: la escritura y el campo.

 

(Aunque creo que al ver como pagan a los que hemos trabajado toda una vida, me parece que empezaré a adelgazar cuando eso llegue)

 

 

 

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© Antonio Medina Guevara