Antonio Medina Guevara - Página de mis trabajos literarios
Antonio Medina Guevara - Página de mis trabajos literarios 

Colaboraciones y periódicos y revistas. 

 

El Peridiódico de catalunya - JUEVES, 16 DE FEBRERO DEL 2017

Hay que respetar la Constitución.

 

En el choque a que nos están llevando los que no respetan la Constitución, y los que con la Ley General en mano no contemplan lo que una parte de la sociedad quiere, podemos llegar sin querer (nosotros, no ellos) a que el enfrentamiento se les escape de la manos con unos damnificados que solamente quieren ser escuchados.

Me explico: si los que no quieren acatar (cumplir) una ley, porque opinan que su sociedad está por encima de la ley de leyes, como es la Constitución, ¿qué pueden esperar de los que precisamente están bajo el paraguas de las leyes que ellos mismos promulgan? ¿acatamiento, o rebeldía?  Somos muchos los que estaríamos en nuestro derecho de no acatar en el futuro lo que promulguen los que se niegan a cumplir la ley, hoy, y otros muchos que opinarán que los que mandan son los de un lado, y no del otro. Eso no tiene nada que ver con escuchar a todos. No confundamos.

Si nos obligan al acatamiento de las leyes promulgadas por el Parlament, ¿cómo es que ellos se niegan a acatar la propia Constitución? Los que nos piden hoy rebeldía hacia la Constitución, en el futuro no podrán sancionar a los que no acaten su propia autoridad. Mal asunto, lo miremos por donde lo miremos. Lo que se puede hacer es intentar cambiar la Constitución, los gobiernos, o lo que sea, pero eso es otro asunto. Como es otro asunto que ni unos ni otros respetan la Constitución.

Las leyes son leyes, y en un estado de derecho son de obligado cumplimiento. En las dictaduras son de obligado acatamiento. No confundir. ¿Podemos imaginarnos que un delincuente se niegue a admitir la ley, y por tanto su cumplimento? La respuesta es no. Lo que sí se puede en un estado de derecho es intentar cambiar las leyes injustas, pero siempre por los medios admitidos dentro de las propias leyes, que para eso una democracia no es una dictadura.

Naturalmente que la sociedad se posiciona en estos casos según le va por estar en un lugar u otro, como si se tratara de equipos de fútbol. Y así nos encontramos con los que opinan que, por las buenas o por las malas, no tienen por qué obedecer a nadie, salvo a ellos mismos y lo que les interesa. El choque está servido gracias a los pastores de uno y otro lado que saben dirigir los rebaños por caminos que los lleven a sus corrales, aunque esos rebaños no les pertenezcan, pero ya se sabe que a rebaño revuelto, ganancia de políticos sin escrúpulos.

Solución: dejemos de ser borregos y no sigamos a los pastores flautistas que se envuelven en banderas, sino al sentido común que nunca debe ser la confrontación. Sobre todo porque cuando las cosas se pongan feas, los unos y los otros se irán a playas paradisiacas a disfrutar de la ignorancia del ganado y de las ganancias en su venta.   

Podemos desanima a los que nos aburrimos del PSOE - El Periódico de Catalunya:

 

LUNES, 2 DE ENERO DEL 2017 - 12:45 H

Muchos de los que teníamos esperanzas en la regeneración democrática y la decencia política estamos asistiendo atónitos a las peleas de protagonismo en el partido Podemos, más propio de niños de colegio que de los que aspiran a gobernar el país algún día. Y lo peor es que, aunque no sean de factura corrupta como pasa en el bipartidismo, puesto que no han tenido la oportunidad de gobernar la nación, ni de anclarse a la rapiña a todos los niveles como pasa en nuestros partidos tradicionales, flaco favor se hacen y nos hacen a la sociedad en general ahora que pueden demostrar que son de otro calado moral y talante.

Con estas peleas pueden dar justificación y alas a los corruptos y justificadores, de ahí que el PP campe a sus anchas creciendo en el barbecho moral; que en el PSOE hagan lo mismo que en el partido morado, pero en guerra abierta, esperando poder seguir controlando parte de la izquierda durmiente, que parece estar dividida entre socialistas, pro-PP y otros a los que les da igual ocho que ochenta.

Esto nos crea desánimo a los que nos consideramos progresistas, pues tememos que las gestoras y sus seguidores crean que una vez 'echados' los socialistas podrán seguir acaparando votos en la izquierda a pesar de haber renunciado hace tiempo a sus ideales. Si a esto sumamos las insensateces de algunos alcaldes y alcaldesas, más preocupados por temas ajenos que por su cometido, como pasa con el independentismo, la ciudadanía quizá no valorará que estén haciendo una muy buena labor administrativa y de gestión de recursos.

Así es que, si no espabilan pronto, pueden perder una oportunidad de oro para acabar con el legado de los partidos tradicionales responsables de la ruina económico-moral española y de que la justicia tenga que escribirse en minúscula. ¡Atentos, nuevos políticos!, porque en casa de demagogos pagados, o comprados, siempre sacarán las uñas los oportunistas de incertidumbres y las peleas ajenas, que para eso son lobos disfrazados de corderos aullando cuando les llega el tufo a euro.

Que no olviden los de Podemos y también los de Ciudadanos que nacieron del hartazgo de la clase media, decepcionada con la mayor lacra de la democracia: los partidos tradicionales donde triunfan los 'malos' y los mediocres porque los de ideología acaban rindiéndose o directamente son echados por los que anteponen su bienestar a los escrúpulos. Sobre todo en el PSOE, que es (era) la otra base ideológica de la clase media y trabajadora, donde la guerra abierta no es comparable a las discusiones de Podemos, pero los votantes del lado progresista pueden llegar a compararlos como iguales si no reaccionan a tiempo. No olvidemos tampoco que en España tenemos memoria de pez y algunos califican de malos a todos, incluso sin conocerlos.

Particularmente, hace años que los partidos no me representan, como a muchos de los que nos fuimos aburridos del PSOE, pero es indudable que, aunque no son necesarios e incluso son negativos para las políticas municipales de pequeños y medianos municipios, otro caso es en la política nacional, donde son los que nos pueden llevar por el buen camino o seguir como siempre. Y sería una verdadera pena que los que deberían estar en todo menos en política, tuvieran tiempo y oportunidad de coger respiro y se nos presentasen como un mal menor.

No se trata de pedir perdón, aunque los otros no contemplen esa posibilidad, sino de que en Podemos están dando una imagen bochornosa comportándose, aparentemente, como aquellos a los que deberían sustituir en el lado progresista, y sería catastrófico que nos ancláramos otra década más en el puerto del olvido.

Mi mini-artículo "Desmemoriados" seleccionado para la edición dominical de El Periódico de Catalunya (19-06-2016), con una tirada estimada en 600.000 ejemplares

El 26J acudiremos a las urnas desmemoriados como los peces.

 

El Periódico de Catalunya: Opinión política.

 

LUNES, 13 DE JUNIO DEL 2016 - 09:00 H

Unos porque no lo han sentido en sus carnes, otros porque piensan que la vida es así, y otros porque no nos enteramos, o no queremos enterarnos, nos comportaremos como peces ante la decisión de emitir nuestro voto.

Olvidamos, como los peces, que los señores AznarZapatero Rajoy(por orden cronológico) primero metieron a sus colegas a ‘dirigir’ nuestrascajas de ahorros, entidades que eran el 50% del sistema bancario propiedad de los españoles y modélico en el mundo, que analistas financieros valoraban en su día entre 500.000 o más miles de millones de euros… Naturalmente, las arruinaron mientras robaban a espuertas nuestro patrimonio.

Para conseguir su objetivo, no las dedicaron a dar créditos justificados, sino a financiar operaciones de juzgado de guardia como aeropuertos fantasma, AVEs de corto vuelo, infraestructuras innecesarias y otras gestas que les proporcionaran abundantes mordidas sin doblar el lomo.

Mientras tanto, las ‘autoridades’ económicas, tan inútiles, como políticas, miraban para otro lado. También se pusieron a financiar abundante ‘ladrillo’, eso sí, preferentemente en viviendas carísimas sabiendo que nadie podría pagarlas, pero también que al final acabarían de vuelta a labanca arruinada dejando a cientos de miles de personas bajo los puentes.

En perfecta y organizada camaradería actuaban a sabiendas de que las cajas de ahorro no eran suyas, que al final nos quedaríamos sin ellas, que las ‘reflotaríamos’ por una cantidad ingente de dinero que nos ha llevado a deber más de un billón (un billón) de euros que ya pagarán nuestros nietos, y de paso que, ante la miseria generalizada y el paro, la clase mediadesaparecería y llegaría la clase obrera pobre; vamos, el pensamiento delcapitalismo salvaje.

Con todo esto olvidado y con nuestra memoria de pez, llegamos a lasurnas ‘recuperándonos’ y olvidando (o queriendo olvidar) una gran parte de la sociedad que los causantes, o sea, el PP y el PSOE (por hablar de los gobiernos centrales), nos han llevado a la situación en que estamos y, lo que es peor, que los causantes, sus cómplices, sus mangantes y sus adoctrinados siguen aquí gobernándonos, y lo que es todavía peor: a pesar de la actuación de la policía y los jueces que cada día nos hace ruborizarnos, seguiremos avalándolos con nuestro voto.

Pero la culpa es de Venezuela.

 

 

 

 

 

El fracaso del PSOE nos aboca a las elecciones

El Periódico de Catalunya, DIVENDRES, 4 DE MARÇ DEL 2016 - 10:07 H
 
OPINIÓN POLÍTICA:
 

A pesar de la valentía de Pedro Sánchez de lanzarse al ruedo del fracaso condicionado por el ala derechista mandante en su partido, que desde el principio le lanzó proclamas para negociar con Ciudadanos, o incluso con el PP, en vez de con la izquierda de innegable mayor éxito, deja el panorama como estaba, se apunta su momento de gloria el casi líder del PSOE y nos aboca a nuevas elecciones con la colaboración inexcusable del señor Rajoy, en la que habrá perjudicados: PSOE, PP, y por supuesto otros beneficiados.

Y con las supuestas nuevas elecciones se cree que el PP se quedará con su parcela de derecha en muchos casos rancia, con una carga insoportable de corrupción y que en todo caso ha sido excesivamente conservadora con su falta de interés en rediseñar el mapa de convivencia español al siglo XXI. También se supone que Ciudadanos quedará en barbecho esperando ver si avanza, o retrocede, como derecha nacional, y Podemos serán los teóricos beneficiados junto con IU como genuinos representantes de la izquierda de la que no sabemos el resultado, pero que al menos certificarán el papel de quien es quien en la política actual.

Ganan de momento los asientos del PSOE, sobre todo los de Andalucía, acostumbrados al amiguismo numerario, de los ERES y otras “virtudes”, como que sean el gobierno que, a pesar de haber gestionado durante 3 décadas miles y miles de millones de euros, siga la comunidad andaluza anclada a la cola europea, y que en este caso no puedan achacar su fracaso como los nacionalistas catalanes con aquello de que "España nos roba", y menos Europa, que ha sido tan generosa. En definitiva, perderá el partido centenario que dejó de ser referencia de la izquierda española, aunque eso sí, salvando a muchos de la quema, de momento.

Antonio Medina Guevara, escritor.

Pintura de Martina Vanda

La oruga azul: El lenguaje de los árboles, por ANTONIO MEDINA GUEVARA.

 

Me pasó en un día, como en tantos otros. 
     Es la primera vez que hablo de esto y no es por vergüenza, sino por miedo a que me tomen por un loco. 
     Decía mi paisano, García Lorca, que cuando era niño escuchaba a la naturaleza y le hablaba a las cosas por su nombre esperando una respuesta; que cuando andaba por los caminos y campos de la frondosa vega de Granada, encontraba a su paso toda una amalgama de vidas, tanto animal, como vegetal, que le parecía le devolvían el saludo a su paso. 
     Amiga: a mí creo que me pasa lo mismo cuando ando solo por el campo; creo que escucho a la naturaleza a mi paso y como me han educado a la antigua en que siempre se para uno a saludar: yo la saludo..., y ella me saluda a mi paso. Pero tengo que decir que para poder escucharla, es necesario ir andando muy despacio. 
     Me explico: 
     Hace poco que andaba por la vega de mi pueblo como en tantas otras ocasiones y me puse a escuchar los sonidos del campo. No cabe duda de que estaba influenciado —y estoy— por la creencia de que la naturaleza habla... ¡Pero es qué la escuchaba...!
     Era el segundo día de marzo y los almendros hacían que sus flores blancas y rosadas parecieran legión de pequeños nublos descansando sobre la tierra. Esta tierra es muy fría en invierno y tal vez por eso le cuesta desperezarse, de la misma que los sonidos parece que están durmiendo como lo hace la sabia, o las cigarras, esperando el buen tiempo, pero como bien sabes, amiga, la vega nunca está en silencio... 
     Escuchaba a los pajarillos piar al día que no era de duro invierno, sino de un plácido día de sol que más bien parecía de primavera. También escuchaba el suave susurro de las brisas llamando a no sé qué... ¡Pero llamando!
     Y me puse a escuchar lo me que decía el campo... 
     Desvié mis orejas como si fuesen antenas a unos grandes chopos que estaban pelados, pero con sus ramas muy despiertas a pesar de ser invierno... Y las escuché llamarme.
     Me decían cosas que al principio no entendía, pero que en cuanto puse más atención, empecé a entenderlo... Me preguntaban como lo haría un viejo que conoces desde tu infancia, por muchas cosas: por mi nombre, ¿si me acordaba de ellos cuando hace más de medio siglo y eran tan jóvenes como era yo  mismo, los vi balancearse al viento hasta casi besar el suelo?
     También me preguntaban, si todavía recordaba cuando pasaba por su lado raudo con la bicicleta familiar —que ya era un lujo tener una bicicleta, aunque fuera para toda la familia— y que pasaba gritando a las inclemencias del tiempo con los pies arañados por brozas y ramas... Que me  veían pasar surcando los vientos tal como lo haría un bajel, tan nuevo que, a la más mínima brisa, es empujado suave a no se sabe dónde... Me preguntaban, si  me había dado cuenta de lo que ellos habían crecido y de lo que yo estaba menguando; si no añoraba el tiempo en que cigarras, jilgueros, abubillas, colorines y torcaces, miraban de reojo al cielo por si grandes aves de rapiña escudriñaban los bancales, acequias y olivos, para buscarse el sustento... 
     Les respondí que sí. Que claro que recuerdo aquel tiempo tan igual y a la vez tan diferente. 
     Pero que las cosas han cambiado... Creo. 
     Que ahora sólo en primavera explosiona todo el sonido de la vega, que ahora ya no hay trigales, casi frutales y tantas otras cosas.... Que ahora, y a pesar de ser por miles tan verdes y preciosos, solos están los olivos haciendo compañía al campo; que la vega ya no es vega, que las acequias se están secando y la gente nada más canta un poco en los días de aceituna... 
     Y respondió un olivo: 
     «¡¿Qué me vas a decir...?! Ya casi nadie para a nuestra  sombra... Sólo lo hace de vez en cuando algún viejo que pierde su vista mirando al Cerro y que, apoyándose sobre la tierra que tengo a mis raíces, como cansado, se pone a pensar en no sé qué cosas... Ya no se sientan las parejas en los ribazos a contarse sus secretos... Ahora no pasan andando; pasan de largo montados en sus rápidos aparatos a los que llaman coches... Ni tan siquiera pasan montados en sus caballerías como antes... »
     «¡Cómo cambian las cosas a través de los siglos…!» 
     Luego, se animó ese olivo y siguió en voz alta recordando cosas que yo no había visto, o que ya había olvidado: a otros que pasaron antes, a los padres de mis padres y a los míos también.... A gente que echan en falta porque pasaron por esta tierra cuidándolos..., y a otros que no, porque de ellos sólo hacían leña.
     Sin saber que contestarles, con gran añoranza de otros tiempos, me dio un poco de pena la conversación del olivo, pero más, la de un inmenso chopo y, más aún, sabiendo que un vecino me había contado que, a la menor oportunidad, lo cortarían de cuajo de la acequia porque  daba sombra a los otros árboles. 
     Y entonces me dijo uno de los chopos: 
     «Sé lo que estás pensando… Sé que el día menos pensado  me cortarán de raíz porque yo no doy frutos... Pero es que sólo me han enseñado a mirar al cielo y a crecer muy alto. Sólo sé dar cobijo a los nidos y silbar al viento, sobre todo, cuando estoy lleno de hojas que flotan a las brisas... No me  enseñaron a dar fruto alguno.... Y yo, ya soy muy viejo para  aprender cosas nuevas» 
     Les dije que no se preocuparan; que siempre habrá un niño que se suba a sus ramas, un nido con algarabía en primavera esperando a saber volar, o un anciano apoyado a su tronco recordando cuando sus pies trepaban a las copas como los de un gato... Y me pareció escucharles unos suspiros de alivio... Creo.
      Entonces, creo que se alegraron y empezaron todos a silbar al viento, mientras los pajarillos cantaban al ritmo de los silbidos como la mejor y más armoniosa de las orquestas... 
     Luego, cuando ya me iba, me pareció también escucharles decir: 
     «¿Volverás…?» «¿Volveremos a hablar...? » «¡Nadie nos habla…!»
     Y al chopo decirles: 
     «Veis…, aunque yo no doy frutos, doy ritmo a los vientos, refugio a los nidos y paz al campesino...!» Entonces me pareció escuchar las risas de otro árbol a las palabras del chopo que venían de un olivo centenario acostumbrado a  escuchar todo tipo de conversaciones. 
     «¡Todos somos necesarios! —le decía el viejo olivo, que es tan sabio por ser tan viejo—, unos damos frutos de invierno, otros de verano..., y tú, chopo, das lo que tienes, como cada  cual »
     Me puse a mirar lo primero que vieron mis ojos cuando se abrieron a la vida y observé que allí apenas faltaba algo, pero sí alguien; ¡muchos…! Seguí andando por las veredas que ahora son carriles, pasé por albercas que ya no están o que duermen su eterno sueño convertidas en escombros y lugares de zarzales, y me vi en ellas desnudo gritando al viento, remojando la fruta robada, o navegando por unos palmos de agua cristalina que entonces eran océanos. Como en un sueño… Pero desperté y estaba solo.
     Luego, después de andar lentamente entre ellos y de seguir el murmullo de una acequia que me conoce desde niño durante largo trecho, cuando llegué a uno de aquellos árboles que mis manos plantaron cuando apenas tenían fuerza, lo miré y pensé en aquél día en que mi padre me enseñó a plantar... ¡Cómo mis manos crearon algo tan hermoso y necesario....! Y creo que, al ver mi cara, tal vez ese árbol me reconoció y sus ramas intentaron tocarme el hombro, pero ya estaban viejas y no podían agacharse tanto. Entonces, para  ayudarle y a pesar de que a mí ya me cuesta trepar, me subí a su tronco y acaricié sus cimbreantes ramas que intentaban mostrarme el cielo... Y con una voz muy baja, me dio las gracias por regarlo, podarlo y darle abono a sus raíces.... Susurrando  a mis orejas... Creo. 
     Creo que perdí por momentos la razón, pues a los susurros de la vega se unieron unas voces que hace ya muchos años no están por aquí y que llegaban a mis oídos tan cercanas que pensé estar en otro tiempo. Cerré los ojos y no quería abrirlos, pues pensaba que al abrirlos desaparecería todo lo que oía y veía con ellos cerrados.       

 

     Todo eso lo vi y lo escuché… Creo. 
La Oruga Azul - Revista Absolem de Guadix (Julio 2015)
 
 
Amigo: 
    
Hoy me acuerdo de ti… Otros días también, pero es que hay algunos en que la conciencia no me deja disfrutar de la vida; por eso, y porque no puedo, ni quiero olvidarte, hoy te escribo esta carta.
 
Me gustaría saber cómo estás. Si tu vida cambió de las aceras a un hogar; si tus escasas ropas estarán limpias y planchadas, si ahora, que deberías de ser ya un muchacho, tendrás lo que tienen los de aquí a tu edad: una novia a la que contarle tus intimidades y anhelos, una familia con la que sentarte a comer, en definitiva: lo que creo que andabas buscando desde antes de aprender a andar, sin tan siquiera tú saberlo.
 
Esta carta debería empezar como todas las cartas: ¿Cómo estás…? Nosotros bien... Bueno, bien pero mal, pero bien. Todo está mal; en el mundo no aprendemos de las lecciones que nos da la vida, pero ya sabes que somos unos privilegiados por el simple hecho de haber nacido en eso que llaman “el mundo desarrollado”.     
 
Espero que tus huesos descansen después de buscarte la vida en una cama, o al menos que sea algo donde puedas descansar, que tu estómago este caliente y no por el interminable verano que vives desde que llegaste a la vida, y suerte que en tu vida siempre ha sido verano, en eso eras afortunado. ¿Te imaginas a otros como tú, viviendo en un invierno interminable?
 
Por eso te digo que eres, o eras, afortunado. Mejor que no sepas que he visto a niños pisando regalos mientras otros cantaban alrededor de una lumbre, y no precisamente contentos, sino para acompañar al ritmo del temblequeo de sus dientes… Tú al menos no sabes lo que es pasar frío; sabes lo que es una calle en la que siempre sobrabas, sabes lo que es estar siempre corriendo y apartándote de las tiendas porque espantabas a los clientes… Pero al menos no sabes lo que es el frío. Mejor. Mejor que siempre te acompañe el buen tiempo; mejor que tus oídos escuchen músicas callejeras y los gritos de la gente divirtiéndose... ¡Mucho mejor!   
 
¿Te acuerdas cuando hablábamos tantas veces de que cuando fueras mayor querías venir a España, aunque fuera nadando…? Pues no lo hagas. No lo intentes, que no serás bien recibido. Tengo que decirte que aquí las cosas han cambiado, que ya no vale la pena que sueñes con venir, que es mejor comer mierda en tu país que en otro lejano; que aquí se dedica una cantidad ingente de dinero a salvar a los bancos que a su vez echan sin escrúpulos a la calle a otros niños como tú, cuando les hemos regalado una cantidad de dinero que valdría para quitar el hambre a medio mundo. 
 
Antes no entendía lo que pasaba en tu país, pero ahora no entiendo lo que pasa en el mío cuando muchos os echan la culpa de nuestros problemas y se olvidan de otros tiempos cuando salíamos por millones a buscarnos el pan a otros países… Supongo que así es la vida  
 
Me he preguntado muchas veces si pudiste salir de aquella inmensa avenida y llegar a una pequeña calle. Una de esas calles tan pequeñas donde todos son familia y amigos…. Quisiera equivocarme, pero creo que no. Cuando volví por ‘tu calle’ pregunté por ti muchas veces hasta olvidar preguntar. Nadie me dio más razón tuya.
 
Por eso te escribo hoy esta carta, porque me quemas en la memoria. Nunca entenderé que nacer en un lugar y en una cama diferente nos haga desde el primer día tan diferentes; que empezar a respirar en un lugar, una ciudad, o un continente diferente, hace que nos veamos también diferentes, cuando todos sabemos que nada más es una cuestión del destino o de la suerte.
 
En fin... Que espero que no te llegue esta carta, pero por si acaso te llega, quiero que sepas (aunque entonces ya lo sabías) que tendrás la edad de mi hijo, y que daría lo que no tengo por saber que tú, tienes una buena vida.     


 

De corazón, espero que estés bien... Y que seas feliz... ¡Amigo!
La carta de Isabel a sus padres de la novela ‘Te esperaré en la Alcazaba’ ganadora del VII Certamen Literario de Cartas de amor y desamor de la Biblioteca Pública de Cúllar (Granada) 
La carta:
 
Un morisco de los expulsados del Altiplano en 1611 desapareció dejando a una cristiana vieja en su pueblo con la promesa de volver por ella. Al poco también desapareció la muchacha que la buscaron por toda la comarca y el cercano Pozo Alcón, pero no la encontraron…
…Y casi dos años más tarde, en un día de primavera del año del Señor de 1613, llegaron dos misivas casi iguales al pueblo: una para los padres de Isabel, y otra para Pedro Pérez, un amigo del morisco. La que llegó a la casa de los padres de Isabel contaron que decía:
Queridos padres y toda mi familia:
No sé si podréis perdonarme por el sufrimiento y las lágrimas que he debido provocaros, pero si en algo puedo compensaros, debéis saber que estoy bien, que mi cariño hacia vosotros está intacto, y que soy la persona más feliz de las que Dios tiene desparramadas por nuestro mundo.
¿Os preguntareis qué me pasó?, ¿dónde estoy y si es bien?, ¿si alguien me alejó de vosotros, o si os pido rescate…? Pues bien: debéis saber que estoy bien, que me fui muy lejos por voluntad propia y que lo hice por amor; que soy feliz y no estoy cautiva en ningún lugar… Bueno, en eso os miento. Estoy cautiva del cariño y la felicidad que me regala cada día mi esposo, pero es una cautividad tan dulce que me hace libre.
Cuando mi pluma os escribe esto lo hace con la mano de quien es muy feliz, pues en mi cuerpo ya empiezo a notar las patadas de alguien que quiere salir a la vida y, que cuando si Dios quiere me pregunte por vosotros y de la tierra que me vio partir, yo le diré de unos buenos abuelos y de unos paisajes muy parecidos a los que sus ojos verán. También que el nuestro y el Dios de los que nos rodean es el mismo, aunque ellos llamen a Jesucristo el ‘otro’ Profeta del que nosotros no compartimos esa visión de lo divino, pues todos sabemos que Jesús y su Padre son el mismo… 
En fin… Aquí vivimos en cierta harmonía los unos con los otros. Me recuerda cuando ahí, en nuestra tierra, también nos respetábamos cada uno en sus creencias y la vida era llevadera. Espero que dure por siempre, pues nunca entenderé el por qué si todos somos hijos de Dios nos matamos en su nombre… Eso solamente lo he podido comprender cuando he visto la vida desde diferentes posiciones, pues es verdad que siempre hay uno que oprime y otro es el oprimido.
Ya tenía razón mi esposo cuando decía que los hijos siempre siguen a la madre, pues, aunque él ha vuelto a sus antiguas creencias, dice que está seguro que nuestro hijo seguirá a una cruz cuando su padre siga a la media luna, pero que en el fondo eso es menos importante que el amor; que los cielos son los mismos y que los ríos y la tierra fueron puestos ahí por el Creador, dando agua, alimento y brisas a todos, sin importarle lo demás… A lo peor es que peleamos por lo mismo: lo que ya tenemos compartido entre todos sin saberlo.
No debo deciros dónde habitamos, pues, sabiendo el cariño y el coraje de mi padre y de todos vosotros, de sobra sé que vendríais a recuperarme y no puedo consentirlo, pues yo, como es vuestro caso, tengo ya una familia que sólo nuestro Dios y el de todos puede romper, pero, que cuando pase un tiempo, podéis estar seguros que os lo comunicaré para que estemos en contacto.
Una vez me contaron de un morisco que se ponía a aspirar el viento desde lo más alto de Jaufi y le preguntaron extrañados, qué olía; contestó que era al viento que venía del sur y que, aunque él no sabía de nada que no fuera nuestro pueblo y sus alrededores, sus sentidos reconocían las brisas cálidas y secas que llegaban del sur: la tierra de donde ellos procedían pasados ya los siglos… Lo tomaron por un demente y a punto estuvo el hombre de ser castigado por semejante despropósito.
Pues no estaba loco. Ahora, cuando llegan a mis narices los vientos del norte, los mismos vientos que antes pasaron por ahí, llegan también a mis sentidos los aromas impregnados con todo lo de nuestra tierra, que antes era la de esos que echamos, y lo entiendo perfectamente, pues los vientos nos hablan de las cosas que añoramos y de nuestros sentimientos que llevaremos siempre en la sangre y que morirán con nosotros.
En fin… ¿Qué más plasmar en este papel…? Que mi vida es muy feliz; que os quiero y siempre os querré, pero que decidí irme con el hombre de mi vida; que a veces, cuando estoy sola y vuelve a mí la añoranza, miro al cielo que también es estrellado y limpio como lo es en esa, mi tierra, y sueño mis días en el pueblo y sus paisajes; tanto es así, que cuando meto los dedos en el agua siempre parece que sea en uno de los caños tan frescos que mi piel recuerda; que cuando veo a un niño hablando por igual en árabe que en nuestro idioma, pienso que estoy en nuestra tierra y eso me conforta, pero que no puedo dejar de pensar en vosotros y en lo que mis ojos retienen siempre de lo pasado.
Que Dios os dé una larga vida en la esperanza de volver a vernos.
Os quiere vuestra feliz hija.
Isabel.

Fragmento de la novela "Te esperaré en la alcazaba", por ANTONIO MEDINA GUEVARA.

 
 
 
 
 
Así me lo contó mi abuelo:
     —Aquella mañana de verano, calurosa y silenciosa, solamente rota la quietud por los hombres que partían hacia la vega al despuntar el día, fue después uno de esos días que parecen cambiar el rumbo de la vida.
    »Por el camino que viene y lleva a Wadi Ash, o Guadix, como les gusta llamarla a los cristianos, los cascos de una cincuentena de caballos y el golpear de sus lanzas de otros tantos soldados de a pie, despertaba a su paso a los zagalillos que no sabían de madrugar ni tan siquiera en días tan calurosos. Algunos viejos que nada tenían ya que perder y la algarabía inocente de los niños, salían a recibir a los soldados que de seguro no traerían nada bueno al pueblo.
     »Al frente de la comitiva, con su pecho rebotando los destellos al reflejo de los rayos que aparecían por el costado del Jabalcón, un capitán cristiano cruzaba tras un estandarte la incipiente calle entre impávido y altivo. Al pasar ante la chiquillería y ver como los saludaban con gran algarabía, los miraba de reojo y con muecas de simpatía fingida, a la vez que lo hacía con semblante autoritario a las mujeres que sólo asomaban su cara por entre las cortinas de las puertas de sus cuevas con evidente miedo en sus rostros.
     »Luego contaron de aquel soldado de piel muy rara, que la tenía del color del trigo muy tostado y un acento que en nada se parecía a los de las tierras españolas; que era una mezcla parecida a lo que saldría de un castellano y una mujer de raza desconocida; que venía o se dirigía a las altas montañas de las Alpujarras donde se habían sublevado los moros y que aún arrastraba con  él los aromas de la sierra  y el olor de la sangre de las batallas en sus narices. También y sólo un poco más lejano, el pensamiento de su vida en Perú, su paso por Panamá, Cartagena de Indias —donde decían que dejó a alguien con los ojos mojados— y luego ya en la piel de toro, un largo peregrinaje por los diferentes lugares de la Corte. Pero sin éxito, que el color de su piel no le ayudaba.
     »El sol, con su enjambre de rayos, tostaba sólo las partes de sus mejillas al  pasar  entre  el  enrejado  del casco. Decía que sabía que Dios miraba de frente a los hombres, y que en su infinita sabiduría, había elegido el Reino  Español para proteger y expandir la fe cristiana por todo el mundo: empezando por aquí, siguiendo por las Indias y acabando en cualquier sitio donde diera  el  sol —el mismo que nunca se ponía en el Imperio—, o donde sólo Él sabía. Y que para eso debía de machacar a todo infiel, o sea, a los no católicos, pero sobre todo a los sarracenos.
    »Algunos de esos soldados eran de los que años antes habían asolado los campos de cultivo de Galera con sal, matando a hombres, mujeres y niños, a las órdenes de don Juan de Austria y de lo que parecían sentir una cierta vergüenza al ver como los trataban estos otros moriscos; otros hablaban de cómo en la fortaleza de Serón fueron batallados igual que antiguamente en la propia de Zújar: con mucho arrojo y valentía, pero que de nada les había valido, pues ya estaban camino de la tierra de sus antepasados.
     —Hasta las mujeres nos asombraron a los cristianos con su infinito coraje. Aquéllas no eran las criaturas débiles y consentidas de tantos relatos fantásticos. Una vez más, el elemento sorpresa ayudó a las mujeres de Galera a que lograran restarnos al menos cien hombres a las fuerzas del capitán… Y aunque al final todas sucumbieron, lo hicieron con espadas y dagas en las manos…
 
Y es que esta tierra es tierra de guerreros. 

Te esperaré en la Alcazaba (fragmento de la novela), por ANTONIO MEDINA GUEVARA.

 
    Ajenos a mi presencia no notaban que les hacía de espía. Muhamad Ibn Harabí había llegado a un punto que exigía tomar ciertas precauciones en todas sus palabras. Hablaba de atroces acontecimientos vividos en el sitio de donde venían, así de como predecía que serían los que llegarían; de que prefería partir a la tierra de sus antepasados, antes que morir en otras donde nadie los querían… De la belleza de las mujeres de nuestra raza y que estaban por millones en aquellas lejanas tierras esperando a que volviéramos algún día a nuestras verdaderas raíces.
     Yo no lo entendía…
     Hablaba que sus manos se habían aventurado bajo la túnica de una bella mujer y habían acariciado sus pechos, pero que las había retirado enseguida para no romper el encanto de lo no conseguido… Y hablaba de las piernas de esa misma mujer:
      —Son como dos lunas llenas sobre una delgada rama… —murmuró Ibn Harabí al referirse a ella — Mis manos encontraron un camino desde su cintura hasta los inexplorados territorios de abajo que estaban cubiertos por unos amplios pantalones de seda. Palpé por debajo de la seda y luego comencé a acariciar sus muslos suaves como dunas de arena y me pregunté: pero, ¿dónde está la palmera repleta de suculentos dátiles…?
     Era evidente que si seguían adelante con aquella conversación al final entendería algo de lo que apenas escuchaba… Y seguí prestando atención mientras él lo explicaba todo:
     —Me detuve antes de llegar, sin embargo, la joven pensó que, si me detenía, la frustración y la larga espera hasta poder consumar nuestra pasión le harían la vida intolerable. Ella no quería detenerse. Había olvidado todas las reglas del decoro y deseaba desesperadamente hacer el amor conmigo… Había obtenido tanto placer hasta el momento que no pude pararme…
     Entonces llamó mi madre a la mesa y dijo:
     —¡Escuchadme con atención, familia…!
     »¡Degustadores de mi comida!. Esta noche os he preparado mi guiso preferido que sólo puede consumirse después de la puesta del sol. En él encontraréis diez nabos limpios en rodajas, cinco tacas peladas hasta que brillen y dos pechos de cordero para añadirle lustre. Dos polluelos sin sangre, una taza de yogur, yerbas cultivadas por mis propias manos en el huerto de la Alhanda, y especias que le dan el color del barro. Le añadiré a la mezcla una taza de melaza y, Wa Alá, listo estará. Pero recordad una cosa si queréis hacerlo en vuestra nueva tierra: la carne y las verduras deben freírse por separado y luego unirse en la olla con agua como la de la fuente de la Sima, que es la mejor para esto y, donde antes se hirvieron estas últimas, dejaré cocer despacio mientras todos cantamos y nos divertimos que cuando se acabe la diversión, el guiso listo estará…
     Y siguió:
     ―Mientras tanto el arroz está preparado, rábanos, zanahorias, guindillas y tomates, aguardan impacientes para unirse al guiso en las fuentes de barro…
     Aquel anochecer fue de una alegría como no recordábamos en mucho tiempo en mi casa. Cantamos viejas y nuevas canciones y bailamos hasta bien entrada la noche. Tomamos arregosto otra vez por los cánticos ahora mal vistos y nos rendimos después al cansancio…
     Mi madre quedó cantando:
‘Tres moricas me enamoran, en Jaén:
Axa, Fátima, y Marién.
Tres moricas tan garridas
iban a coger olivas
y hallábanlas cogidas, en Jaén:
Axa, Fátima, y Marién…

Aquella noche había dado mucho gusto estar comiendo y cantando en mi casa, pero de vez en cuando, los rostros de mi padre, madre y abuelos, no podían disimular una enorme preocupación… Después supe que aquello fue una fiesta de despedida para aquella familia nuestra que llegó por el camino que lleva y trae de Guadix; que antes de que el sol despuntara por el costado del Jabalcón ellos partirían hacia Baza, Caniles de Baza, Serón, el Almanzora, Vera, y después al norte de África.
 

Cartas que nunca escribí

A don Pedro Antonio de Alarcón y sus pasos

 

Hace poco que pasé por una calle de Badalona, donde resido, y me fijé en el rótulo que le da nombre: Pedro Antonio de Alarcón, mi paisano que igual escribía una historia fantástica donde la muerte andaba comprando almas, que en unos poemas que hacen sueños de los sueños:


He dicho que dormías;

y dormías tan muda y mansamente,

que una rosa cerrada parecías.

Dormías... y, aunque amante desdeñado,

próximo alguna vez a aborrecerte,

te admiré en aquel sueño sosegado...

sin desear que fuera el de la muerte.

 

     Pocos días después llegué a donde siempre acaban mis pasos: a Zújar, mi pueblo, que es donde mejor entiendo los pensamientos que tenía don Pedro Antonio, y me puse a mirar lo primero que vieron mis ojos cuando se abrieron a la vida y observé que allí apenas faltaba algo, pero sí alguien; ¡muchos…!


     Después seguí andando por las veredas que ahora son carriles, pasé por albercas que ya no están o que duermen su eterno sueño convertidas en escombros y lugares de zarzales, y me vi en ellas desnudo gritando al viento, remojando la fruta robada, o navegando por unos palmos de agua cristalina que entonces eran océanos. Como en un sueño… Pero desperté y estaba solo.


     Luego, después de andar lentamente por los bancales y de seguir el murmullo de una acequia que me conoce desde niño durante largo trecho, cuando llegué a uno de aquellos árboles que mis manos plantaron cuando apenas tenían fuerza, lo miré y pensé en aquél día en que mi padre me enseñó a plantar... ¡Cómo mis manos crearon algo tan hermoso y necesario....! Y creo que, al ver mi cara, tal vez ese árbol me reconoció y sus ramas intentaron tocarme el hombro, pero ya estaban viejas y no podían agacharse tanto. Entonces, para ayudarle y a pesar de que a mí ya me cuesta trepar, me subí a su tronco y acaricié sus cimbreantes ramas que intentaban mostrarme el cielo... Y con una voz muy baja, me dio las gracias por regarlo, podarlo y darle abono a sus raíces.... Susurrando a mis orejas... Creo.


     Creo que perdí por momentos la razón, pues a los susurros de la vega se unieron unas voces que hace ya muchos años no están por aquí y que llegaban a mis oídos tan cercanas que pensé estar en otro tiempo. Cerré los ojos y no quería abrirlos, pues pensaba que al abrirlos desaparecería todo lo que oía y veía con ellos cerrados.


     Todo eso lo vi y lo escuché… Creo.


     Después (como siempre que vuelvo a mi sitio), seguí bordeando el Jabalcón y llegué a la Granja o a lo que usted llamó “La Casa de la Pródiga” y pensé en un tiempo que todavía recuerdan mis ojos cuando lo que la rodea era un serpenteante y frondoso río donde legiones de chopos se mecían al viento (en vez del Mar del Negratín), y me imaginé su figura bajo unos de aquellos inmensos tilos escribiendo cosas que ya me gustaría a mí poder hacer, pero me conformé al pensar que esos lugares que tanto quiero ya están escritos en la historia de la literatura por una de las mejores plumas granadinas.   


     Le diré, maestro, que con su manera de ver las cosas nos enseñó a muchos a intentar escribir en nuestras páginas con cariño y dedicación: como usted. A querer lo nuestro, a soñar con los sueños y a no despegarnos de nuestras raíces, en definitiva: a intentar ser un poco parecidos a usted. 

     Ahora, para seguir sus pasos, salgo a veces a pasear  por esos sitios donde otros pasos conocidos antes pasaron. La lluvia y el tiempo parece que los borraron…, pero  no,  no  los pueden borrar de mi memoria. Ahí están, yo los veo a veces por otros que ya no pueden con mis ojos abiertos y también cerrados, porque, como bien sabe, maestro, para ver algo no hace falta tener los ojos abiertos.


     Cada día que pasa intento parecerme a los que dejan en el aire un hueco que nadie puede ocupar, de arregostarme por lo nuestro y las cosas sencillas. Esas cosas aparentemente iguales, pero que a la vez son siempre tan diferentes, y que usted nos enseñó a comprender que no hay que irse muy lejos de aquí para ver y sentir la belleza, y que el cielo a veces lo tenemos a los pies…, aunque a veces también lo pisoteamos.


     Tengo que decirle, don Pedro Antonio, que algunos días, esos que parece que los sueños hacen sueños de los sueños, me pongo a pensar en la cantidad de personas que imprimieron de poesía y leyendas nuestra tierra y que están tan olvidados, pero me contento al pensar que más tarde que temprano serán reconocidas y admiradas… No puede ser de otra manera.


     Y aquí acabo, maestro. Para despedirme le diré lo que usted decía al acabar sus cuentos y que, con su permiso, yo copié en más o menos en alguno de los míos:


En las largas noches seguimos hablando de cuentos antiguos, de moros, doncellas y anécdotas pasadas. De historias estúpidas, tontas, que seguramente nunca pasaron, pero que da gusto escucharlas porque hay tantas historias como personas… y hasta más.


Por los demás  y  como escribió mi paisano, don Pedro Antonio de Alarcón —que parece ser, también  dialogó alguna vez con la muerte—, solamente puedo deciros que yo puedo terminar este cuento (carta) del propio modo que terminan las viejas todos los suyos: diciendo que fui, la vi, me enamoré de estos lugares, vine…, y no me dieron nada.


…¡O todo…!

 

"La Oruga azul"

Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte

 

Para la Revista Absolem de Guadix en el homenaje a su insigne escritor y maestro. Octubre de 2014


IDEAL EN CLASE - ACTUALIDAD

Antonio Medina Guevara: «Don Juan Oliver, mi mejor maestro»

Don Juan Oliver y alumnos

A veces, con el paso del tiempo, te queda un rescoldo en el cerebro que hace sentirte bien con tus recuerdos… En este caso se trata del que dejó en el mío un hombre diferente, uno de esos que dejan huella por su sabiduría y ejemplo del buen hacer, pero sobre todo, porque son dignos de tener en cuenta en este mundo que parece menospreciar lo importante. D. Juan Oliver Pérez (Zújar, Granada, 1 de abril de 1918 - 27 de marzo de 1987) hizo sus primeros estudios en su pueblo natal de Zújar, de donde pasó al seminario diocesano de Guadix y posteriormente prosiguió en el colegio Ave María de Granada, impregnándose de los métodos que había implantado el gran pedagogo don Andrés Manjón, que años antes había fundado el "seminario de maestros" para formar a los futuros responsables de las escuelas, dando mucha importancia a la formación de los maestros, pues decía D. Andrés que el maestro podía ser formador o deformador de caracteres.

Este espíritu manjoniano inspiró a lo largo de su vida la labor profesional de D. Juan Oliver, puesto que su fin no era otro que el formar a sus jóvenes alumnos para que llegasen a convertirse en el futuro en personas de bien. Terminados sus estudios de magisterio aprobó las oposiciones a maestro en Sevilla y comenzó el ejercicio de su profesión en dos municipios de la provincia de Sevilla: Puebla de Cazalla y Estepa.

Posteriormente y tratando de acercarse a su localidad natal, obtuvo la plaza en El Fontanal, anejo de Pozo Alcón y al año siguiente fue destinado a Zújar, su pueblo. En 1951 contrajo matrimonio con Martirio Fernández Hortal y fruto de ello fue el nacimiento de cinco hijos: Juan Manuel, José Vicente, Pedro Antonio, Mari Paz (fallecida) y Francisco Javier. Toda esta labor desarrollada en Zújar hizo que el ministerio de educación Nacional, a través de la Dirección General de Enseñanza Primaria y con motivo de la celebración del día del maestro, otorgara a D. Juan con fecha 27 de noviembre de 1963 un premio con el que se distinguía a los mejores maestros de cada provincia, premio que se entregaba en el Teatro Isabel la Católica de Granada.

En el curso 1967-68, ante la necesidad de que sus hijos pudiesen seguir sus estudios, solicitó el traslado al municipio de Atarfe y posteriormente al de Granada, donde se jubiló por enfermedad en 1982. En el blog de“Miradas al ayer” de Zújar, esa página que desde Guadalinfo nos brinda la oportunidad de retroceder en el tiempo y poder ver y leer cosas que ya tienen en color del otoño, aparecieron el día 27 de agosto de 2014 unas líneas que nos devolvían a la vida a esta persona admirable: don Juan Oliver Pérez, “mi mejor maestro” al que dediqué en su día unas palabras de admiración en mi libro “No matéis al gorrión” y en la versión posterior de“Al lado de tierra santa”, que algunos saben fue finalista en el Premio Azorín de 2012 de la Editorial Planeta y la Diputación de Alicante, y número uno en ventas en todo el mundo de la editorial Umbriel (Urano) en formato de libro electrónico, por lo que siento un especial gustazo de que don Juan haya sido leído en medio mundo.

Pues bien, al leer esas parrafadas escritas por sus propios hijos, cortas a mi entender en admiración a lo que fue su padre y mi maestro, llegaron a mis pensamientos unos tiempos que creo hicieron mella en mi carácter e ideales, así como también en el pilar donde se sustentan mis creencias de que el mundo es un poco mejor con personas así. Dicen sus hijos que don Juan estaba impregnado por la idea recibida a su vez de don Andrés Manjón, de que los maestros debían ser formadores de caracteres, pues no cabe duda de que él a su vez forjó algunos, entre los que me encuentro yo. En solamente un año don Juan me preparó para acceder a una de las escasas becas que el régimen franquista proporcionaba a los pobres (pero al parecer potenciales estudiantes), y eso a pesar de no ser yo precisamente uno de los que “hincaban el codo”, pero por lo que se ve, don Juan vio en mí lo que otros no pudieron o quisieron ver.

Yo estaba entonces a punto de acabar el colegio y, mi nuevo maestro, don Juan, nada tenía que ver con el anterior. Ya no me dolía el estómago cada mañana al ver su cara y hasta éramos más aplicados y puntuales que antes. Nos gustaba aprender. Don Juan me “organizó” para hacer dos cursos aquél año, parecía que tuviese prisa. Él, claro, porque yo no era muy aplicado, pero el caso es que al final lo conseguimos y aquél año recibimos felicitaciones ambos y por igual… Aquella fue la primera vez que recibí halagos, en vez de palos.Don Juan era un buen maestro, de los que nacen para enseñar. En él todo era dedicación y buen trato. Nos daba libertad y nunca maltrató ni pegó a nadie, y sin embargo se hacía respetar. Perdimos de vista la vara de olivo del anterior y —de paso— su figura que destilaba rencor… El caso es que aquel año aprendí con él, más, que con todos los otros juntos.

Recuerdo que —a pesar de que yo era muy niño para darme cuenta entonces—, don Juan me tomó como algo suyo y juntos conseguimos en unos pocos meses más que con otros en años, también, que el tiempo en que él fue el maestro y yo el alumno, le cogí el gustillo a los libros y empecé a valorar el trabajo. También lo recuerdo hablando con mis padres diciéndoles que él se ocuparía de todo; que era una oportunidad para alguien como yo, de familia pobre, pero preocupada por el futuro de sus hijos que entonces pasaba por labrar o hacerse un hueco en un mundo mejor y que seguramente, mi padre, sin estudios, pero con afán de no querer para nosotros el deslome que acarreaban las labores del campo, se sacrificarían todo lo posible en bien de nuestro futuro. Y un día que recuerdo como si fuese ayer, me vi sentado en un pupitre de un colegio de Baza con unas cuartillas delante de mis ojos que más parecían un test de psiquiatras que un examen de instituto, y de esa “tanda” centenaria de posibles salimos dos de Zújar con “pasaporte” para Granada.

Ni que decir, que mis padres se embarcaron en un gasto inasumible a pesar de ser becado, pero supongo que hicieron en aquel momento lo que todos haríamos por nuestros hijos y, al año siguiente, yo estaba en el “Emperador Carlos” de Granada internado, haciendo viajes a pie (dos de ida y dos de vuelta), al institutoPadre Suarez que está enfrente del Triunfo (que ahora, cuando voy a Granada y paso por allí, a veces miro desde las verjas y que creo es mixto, no como antes) mientras mis hermanas se sacrificaban en “los tomates” de Alicante para poder sufragar el gasto que les ocasionaba y mi padre trabajaba todos los días de su vida, como siempre. Luego, como pasaba en tantas casas, el destino nos envió a cada uno a donde le dio la gana y don Juan siguió por unos años más en Zújar en su labor de buen maestro y, yo, junto a mi familia, a empezar otra vida en Barcelona.

  "Espero que, algún día, el nombre de este maestro de maestros esté grabado en una placa de alguna calle o plaza de Zújar, su pueblo que tanto le debe y junto a otros que lo merecen por igual, porque a veces la justicia no está al lado de los reconocimientos".  

Nunca más vi a don Juan a pesar de no despegarme por mucho tiempo de mi tierra, pero el paso de los años nos llevó a cada cual a su vida y nos separó para siempre. Lo que no pudo evitar el tiempo es que quedara para siempre en mi memoria su forma de actuar. De él aprendí que, las letras, o el trabajo, no entran con palos (aunque a veces sí con un tortazo bien dado a tiempo) sino con la transmisión de la responsabilidad y el gusto por las cosas bien hechas, también, que para imponer autoridad no hay que ser un tirano, sino predicar con ejemplo… De mi padre aprendí que el trabajo es una responsabilidad y que hay que hacerlo bien y a gusto; de los dos (y otros que ahora no vienen a cuento), lo que creo que soy.

Siempre he dicho que en Zújar habría que homenajear a personas ilustres que han demostrado o demuestran sus méritos, y don Juan Oliver es uno de ellos, porque fue un honorable profesional y una referencia para todos. Espero que, algún día, el nombre de este maestro de maestros esté grabado en una placa de alguna calle o plaza de Zújar, su pueblo que tanto le debe y junto a otros que lo merecen por igual, porque a veces la justicia no está al lado de los reconocimientos.

El silencio

Quiero dedicarte unas líneas

manifestar la zozobra

que siento en el alma.

 

A ti,

luz en tinieblas

te consagraste a la

dura tarea de educar,

y, un algo especial

te caracterizó.

 

Y dejaste huella en

todos los que aprendimos

a tu lado...

Es parte de un poema que le dedicó don Mariano Navarro Fernández (1984)

Y finalizo con este fragmento de mi libro, ‘Al lado de tierra santa’:

“A los pocos minutos, poco a poco, al fondo del llano ya se veía acercarse la gran humareda negra que dejaba un rastro tranquilo y alargado que pintaba de oscuro el inmenso cielo azul, como en las películas, y poco a poco se acercó más y más, emitiendo un pitido que atravesaba los oídos. Cuando paró, el corazón me bombeaba sangre con más potencia que la inmensa locomotora Baldwin. Disimulé como pude la emoción del momento, no quería que vieran como me temblaba todo, hasta el pensamiento. Paró unos minutos y subimos al vagón. Estaba vacío. Dejó mi padre la maleta sobre un asiento de madera que estaba duro como las piedras del carasol, después se despidieron todos y bajaron, pero antes, Isabel me dio un beso en la cara que llegó hasta mis huesos… Fue la primera vez que sentí en mi cuerpo la calidez de sus labios.

Sonó nuevamente el silbato del jefe de estación y después de soltar una nube de vapor, poco a poco, empezó el tren a deslizarse sobre los interminables raíles de la vía. Todos estaban tristes…, y yo también. Creo. Quedaron allí todos parados como estatuas en el llano, menos el perro de mi vecino que se había pegado a mi casa al morir el nuestro y que corría más deprisa que el tren, pero que al ver que la carrera no tenía fin, se rindió a la máquina que cogía velocidad. Se paró, dobló sus orejas y, después de pensarlo, con resignación, dio la vuelta despacio. Creo que también quedó triste. Poco a poco se alejaron sus figuras del tren y de mi vista y, con un nudo enorme en mi estómago, me fui pensando en todos ellos y lo que dejaba atrás. Me senté en el asiento del vagón que estaba duro como una piedra y empecé a pensar en cómo serían los próximos días en la capital y en mi vida... También, que tal vez mis profesores no serían tan buenos como don Juan y que a lo peor serían de los que arreaban para que las letras entraran… Pero eso ya sería otra historia”.

Antonio Medina Guevara. Miembro fundador de la Asociación de Escritores del Altiplano (AEAGRA)

 

 

 

http://en-clase.ideal.es/noticias/actualidad/2085-antonio-medina-guevara-%C2%ABdon-juan-oliver,-mi-mejor-maestro%C2%BB.html

Revista Aldaba dedicada al otoño

Otoño: Tiempo de añoranzas

 

Los otoños son el tiempo que dedicamos a la añoranza. Ese tiempo en que empiezan a morir algunas cosas y a revivir los recuerdos.

     Los otoños siempre llegan cargados de aromas de tiempos pasados. Un tiempo en que las plantas y flores yacen preñadas en el lecho de la vida esperando la estación que les traerá la sabia y el buen tiempo…, y que a veces también nos traen imágenes que huelen a gloria.

     Lo que son las cosas; a veces, para recordar a alguien querido, tu cerebro no refleja con claridad la imagen de la persona que nunca olvidarás, lo hace trayendo de nuevo la imagen de su olor.

     Y eso es raro...

     Es raro, porque todos sabemos que el olor no tiene imagen, que el olor entra por la nariz y no por los ojos…, pero a veces, también queda retratado en la memoria.

     No se pueden definir los olores. Tan sólo decir, que algunos son como una ventana a la claridad, al cielo... Un niño, como todo lo nuevo, huele a eso: a algo tan limpio que solamente puede ser el cielo… Un padre siempre recuerda a su hijo por el olor que le regaló cuando sus carnes eran nuevas, igual que una madre siempre huele a madre: a ese aroma que te dio el ser y que es carne de tu carne, o de la misma manera que un padre siempre transmite protección, un hermano es un camino compartido o un amigo es compañero.

     La mujer también tiene su propio aroma…

     Algunas mujeres transmiten tanta fragancia a su paso, que no necesitan de colonias penetrantes ni aguas de rosas o lavandas. Algunas son, por sí mismas, fragancias. Hasta sus miradas parecen transportar el olor a campo mojado en primavera.

     Así fue siempre Isabel.

     Desde niña su fragancia se incrustó en mi mente como los colores al arco iris. Volátiles y frescos, nuevos, relucientes. Aromas que fueron creciendo a medida que su cuerpo se modelaba como el barro amasado por las manos de un artista divino, y cuando llegó a la plenitud de su belleza, parecía que esa misma belleza no sería peregrina, que estaría en su cuerpo y en su alma de manera perpetua. Ella expandía ese aroma a su paso, como una flor recién abierta a la mañana.

      Y como los olores casi siempre van unidos a los sabores, Isabel jugaba desde niña con las cazuelas a entremezclar sabores y olores. Y cuando llegó a mujer, algún ciego que no pudiera contemplarla a toda ella, en sus guisos la vería como a la persona más hermosa.

     … Ella enamoraba con todo lo que tocaba, miraba y hablaba.

     Era perfecta…

     A veces, pasados ya muchos años, cuando me cruzo con algún aroma que me la recuerda, vuelvo mi vista y mi cuerpo siguiéndolo detrás de mis narices como lo haría un perrillo perdido entre la muchedumbre que huele a su amo.

     Pero son siempre espejismos. Espejismos de mis narices que quieren oler de nuevo la gloria.

     … Hasta que, poco a poco, como pasa cuando llegan las primaveras que ya tenemos olvidados los otoños, mis recuerdos casi se han olvidado de aquellos aromas…

 

Antonio Medina Guevara

 


 


 

Asociación Para la Promoción de la Cultura y el Arte

 

Artículo sobre García Márquez y Pedro Antonio de Alarcón en la Oruga Azul de Guadix.

Junio de 2014 

  

 

 

 

Esta tierra es mi vida y mi vida está clavada igual que una cruz al cementerio de este pueblo…

 

La siento como si fuera un corazón palpitando a borbotones su sangre cristalina desde alguna de sus fuentes; que sus acequias son sus venas y las mías, que su cielo es mi cielo y sus veredas los caminos por los que nunca me pierdo. Siento, que desde que mis pies empezaron a andar lo hacen sobre ella y su piel; siento que me escucha, que me habla, que me quiere y yo la quiero sin condiciones; que somos  complementarios a la vez que uno mismo.

 

La tierra… ¿Qué es la tierra?

 

Alguien me dijo una vez que la tierra es el espacio donde se plantan las almas… Yo entonces no lo entendía.  También  me dijo que todas las tierras parecen  iguales, pero que todas son diferentes. 

 

Comenzaré por decir que la mía es una tierra seca, fuerte, con acequias que son las venas por donde el agua transmite la vida a su paso y que a su vez  vienen de unos sitios donde laten muchos corazones enterrados: sus fuentes. A veces es tan gris, tan clara, que se confunde con las nubes del cielo; a veces es tan roja que parece que sangre… ¡Y fuerte!

 

Tiene que serlo.

 

Ha sufrido tanto y de tantos, que respira con dificultad; ha parido tanto y a tantos, que parece una madre derrotada. Pero no. No está derrotada. Aún le queda mucho aliento. Nunca se rinde.

 

¡Cómo cualquier madre!

 

Lo primero que entra por tus narices al nacer es el polvo de la tierra que te envía al mundo, la misma que —mejor más tarde que temprano— te acogerá como lo hace con las raíces, que cuando no la tienes en tus pulmones parece que les cueste respirar. La mía llora de alegría cuando la riegan las lluvias, brilla a los reflejos de las hojas de plata de los olivos, juega con los remolinos de las brisas, hierve en los veranos y se congela al frío de los inviernos...

 

A veces parece latir como un corazón viejo. Aunque no quieras la tienes que querer. Es como una mujer… ¡Es bella...! ¡Es dura...! ¡Tiene mucho carácter!

 

 

 

Seguramente quien lea esto se preguntará a qué cuento viene la relación entre Pedro Antonio de Alarcón y García Márquez: nada… Pero sí para mí.

 

Estas parrafadas de mi libro “Al lado de tierra santa” las escribí hace ya bastantes años en Cartagena de Indias, la ciudad donde “Gabo” volvió algunas veces a su país y que, al leer algo suyo y sin saber por qué, me trajeron algunos pensamientos del Altiplano de Granada. Luego alguien dijo que no, que era del estilo de Delibes o Azorín, pero yo creo que fue él quien me hizo describir a mi tierra en mi cerebro y en aquél momento… Salvando las diferencias, claro.

 

Y a “Gabo” se las dedico.

 

Recuerdo que había vuelto hacía poco de mi pueblo de Granada (Zújar ), que era pleno invierno y que creo que sería por entre el  2000 - 2005. También que por aquel entonces estaba en el siempre verano de Cartagena de Indias, que acababa en mi visita y que volvía por enésima vez a España con mis pensamientos tristes (como siempre que así sucedía), cuando después de haber visitado la casa donde  “Gabo”, ese hombre al que muchos de sus paisanos esperaban horas para vez verlo por allí en esos días lo llamaban desde la calle para que apareciera.

 

Yo acababa de visitar Santa Marta y ya estaba desde hacía años enamorado del departamento del Magdalena y de su río y canal del mismo nombre, pensando entonces,  junto a unos amigos, poder patear más adelante esos lugares del Magdalena y de su Sierra Nevada que lleva el mismo nombre que la mía, como también lo que era hace cientos de años la Nueva Granada y que tanta referencia nos une, cuando me llegó la hora de volver..

 

Eran tiempos de guerra en Colombia y aquella idea tendría que esperar.

 

Reconozco que a mi ese nombre (Gabo) no me decía nada, que supe de quien se trataba cuando alguien dijo el nombre de pila del que yo sabía que había escrito un par de obras magníficas: “Cien años de soledad” y “El amor en tiempos de cólera”, entre mucho más, y también supe que era periodista y que había trabajado en “El Espectador”, un periódico de hojas tan enormes que costaba leerlo si no era sobre una mesa.

 

Luego llegué a Bogotá para transbordar al avión que nos llevaría hasta Madrid y pensé en comprar revistas y entretenimiento para el viaje, cuando una persona me dijo: <<Compra ese libro de “Gabo”, que es nuevo…>>  <<¿Te gusta Gabo…?

 

No sé si era por el título, o sí por otras cosas, que compré mis revistas y el librito de marras: “Historias de mis putas tristes”, que era tan corto como mis días pasados en Cartagena y que lo traía conmigo a España.

 

Ya en el avión, ojee el librito y pensé que, como era tan corto y aparentemente malo, lo acabaría pronto, y así fue. Pero aunque el libro me pareció malo y un poco zafio en principio, como escrito por lo que era: un viejo que añoraba sus días de juventud, bastante machista, que defendía al dictador Fidel del que también sabía en primera persona por mis viajes a la Perla del Caribe. En definitiva: que era un librito escrito por un viejo chocho y trasnochado.

 

Al leerlo pensé también que Gabriel García Márquez escribía muy bien, pero que contaba poco… Hoy opino lo mismo del libro, pero no del autor, porque la expresión y el vocabulario eran y es exquisito; pienso que tal vez me recuerda los años de mi niñez en que llamábamos a las cosas con ese leguaje que todavía se oye por Colombia.

 

Releí después el libro hoja por hoja, parrafada por parrafada, y al poco pensé en cómo me gustaría a mí escribir así, pero con una buena historia de por medio.

 

Luego leí a otro gran desconocido por mí y por más señas paisano: Pedro Antonio de Alarcón, y supongo que ambos me incitaron después a escribir mis modestas historias.

 

Leí de ellos que escribieron en su día cuentos o historias cortas, y yo empecé a hacer lo mismo, luego novelas, y también lo hice, pero cuando leía poesía de Pedro Antonio de Alarcón comprendí que eso no podría hacerlo, y seguí con mis cuentos y novelas. Por el año 2011 publiqué en Colombia un cuento dedicado a Cartagena de Indias (“Una mujer llamada Muerte”), que es una “adaptación” de otro cuento de Alarcón, al cual se lo dediqué y que pienso es una fantasía de la “muerte”, del paisaje y del embrujo de esa ciudad.

 

Las narraciones de García Márquez, con ese lenguaje criollo tan auténtico del  español que ya no se habla por aquí, y del que  no entendemos algunas palabras y expresiones, son un lujo para la literatura universal, pero sobre todo para recuperarlo, ya que los modismos y el simplismo están quitando de nuestras lecturas palabras preciosas y ajustadas al castellano que sirven para expresar todo en su justa proporción. Un lujo en la escritura y por supuesto en la narración y lectura.

 

Tengo que decir que he visto un par de veces a este narrador universal en mi vida: una en Cartagena de Indias y otra de refilón en la Habana y que, aunque no comparto su mentalidad  política, es y será una referencia para quien quiera aprender a narrar historias.

 

De “Gabo” intento empezar mis libros con un arranque que atraiga (aunque no creo conseguirlo) y de Alarcón intento seguir las tramas… De los dos aprender.

 

Cuando mi novela “Al lado de tierra santa” quedó finalista en el premio Azorin de 2012, una persona me dijo en referencia al manuscrito que le pareció el comienzo de Márquez, el estilo de Delibes y la historia de Muñoz Molina; no cabe duda que me dijo el mejor piropo que podrán decirme nunca y que (aunque sea mentira) yo le agradeceré toda mi vida, pero lo que no sabía es que fue García Márquez sin pretenderlo quien me animó a escribir, aunque no cabe duda que la comparación me gustó por lo que significan esos personajes para la literatura.

 

Ahora, casi cada día, leo algún fragmente de alguno de ellos para aprender, pero no cabe duda que me será un imposible poner las palabras en sus justos términos como lo hacían ellos, sin que sobre o falte un matiz, una imagen reflejada en las palabras o en su riqueza de expresiones, y que desde hace muchos años admiro en el “vocabulario” colombiano lo que tantas veces he podido escuchar con mis propias orejas en mis constantes visitas a ese país, que tanto nos admira a la vez.

 

Decir que me une a Márquez la admiración y cariño que siento por Cartagena de Indias, “mi otro pueblo”, una ciudad de la que pienso es la más bonita de las coloniales americanas y que mantiene ese halo de libro de aventuras donde, piratas, corsarios, hombres con la pata de palo y parches en un ojo, junto a lugares de fantasía y mujeres preciosas se reúnen para hacernos soñar con otros tiempos.

 

Murió “Gabo” y nació una figura univesal de la narrativa difícil de superar.

  

 

(Esta nota pretendo escribirla en forma de artículo periodístico del que no sé nada, pero que lo intento, por ser una forma en la que Gabriel García Márquez se defendía como lo que era: un genio)


El olvido de algunas personas justas

 

 
Antonio Medina Guevara
Escritor

Hace unos meses escribí una carta personal al alcalde de mi pueblo (y que no especifico para no crear más polémica) en la que le pedía que no olvidaran una fecha señalada. En ella le decía:

Apreciado Señor:
Como es el alcalde-presidente de este municipio, me dirijo a usted para informarle de un asunto que considero será de interés para la mayoría de los habitantes de la villa que usted preside:
El próximo día 23  de Mayo de 2013 se cumplirá el 50º aniversario de la muerte del último alcalde legal de la Republica en este municipio, afiliado a UGT y republicano por más señas. Esto no tendría más interés, ni valor, si no fuera porque ―aparte de ser mi abuelo― fue un alcalde cabal, honesto, de intachable conducta en un tiempo muy difícil y, sobre todo, admirado por todos los lugareños por la actitud demostrada con su conducta, tanto republicana, democrática y también como ugetista, en un tiempo que nunca debió de pasar y que bien podría servir su ejemplo de referencia en la actualidad en que la clase política está tan desprestigiada.
Mi abuelo (evito el nombre) ocupó su puesto legalmente conseguido por los votos que los ciudadanos de esta villa en él depositaron. Fue siempre consecuente en el cargo para el que fue elegido, hasta extremos que hoy en día serían una auténtica rareza, pues no permitió atropellos de nadie sobre nadie en la villa, poniendo incluso en peligro su vida en varias ocasiones para que la Justicia imperase siempre sobre todo y todos, lo que le ocasionó grandes problemas y hasta miseria económica y personal, pues, como le expongo, fue intachable en todas su actuaciones, tanto públicas, como personales y políticas.
Naturalmente que, como su nieto que soy y socialista de convicción, me considero muy orgulloso de él, pero he de significarle que aunque no tuviéramos parentesco alguno y yo no sintiera estos condicionantes políticos, también sentiría la misma admiración por su figura que aumenta al ser mi referencia personal y política. 
Es por este motivo que me dirijo a usted, pues considero que se cumple un aniversario importante para la villa, de referencia para las personas honestas y para la clase dirigente que desgraciadamente no estamos acostumbrados a ver actualmente en la política en general. Aquél hombre dio en su tiempo constantes muestras en su actitud y en el desarrollo de sus funciones, tal y como él pensaba que debían de ser, y así las desempeñó en una época tan difícil. 
Hay tantas anécdotas y referencias sobre su persona, que muchos lectores de algún libro mío me preguntan datos sobre él de los que aparecen en una novela que está cosechando enorme éxito tanto en España como en Latinoamérica, y en la que reflejo mucho sobre esa época de nuestra villa. Sé que él impidió el “ajuste de cuentas” que otros querían hacer a los que, por el simple hecho de ser de “derechas” o simplemente católicos practicantes, intentaron darles el “paseo” y que el alcalde se negó siempre a firmar las órdenes; esto le valió que algunos de su bando (de “izquierdas”) intentaran acabar con él de manera cobarde y ruin.
Así era mi abuelo…
No diré nombres, pues la herida está cicatrizada con el tiempo pasado, sólo decir que en aquel tiempo que en pueblos cercanos “liquidaron” tanto a personas injustas, como a otras justas, en el nuestro tan solamente se dieron dos casos “aislados” de asesinatos en personas de “derechas” por otros que tan solamente pretendían quedarse con lo de los que les estorbaban. Entonces me pregunto: ¿es que es justo asesinar a buenas personas por el simple hecho de ser pudientes o religiosos?, ¿es que los que condenamos los crímenes del franquismo debemos olvidarnos de los que (aunque bastantes menos, eso sí) se produjeron en el bando contrario?
No. Pienso que no. Para mí es un asesino el que mata a otro, sea quien sea, y sea del bando que sea. Igual que un dictador es un infame, sea nacista, católico, comunista, o borreguero… Un asesino es el que mata a quien  sea y de donde sea, y venga de donde venga. Lo contrario a eso es el justo, el cabal; es el que se juega a veces la vida al intentar evitar atropellos aunque sea en personas de distinta ideología a la suya… Aunque por desgracia esto no lo entenderá todo el mundo. (esto, por razones obvias, no está incluido en la carta)
Y unas últimas observaciones: ¡qué poca memoria histórica tenemos los que tanto predicamos la memoria histórica! Seguramente algunos de los que se llaman de izquierdas se olvidan de la filosofía que predican y sean aprendices de dictadores; que tal vez sea sin saberlo, que tal vez solamente su fanatismo no les deje ver la luz, o que tal vez, no den para más de sí, pero yo creo que lo tengo claro… Y eso me duele, porque yo también me considero de izquierdas. De los otros no voy a hablar, porque no comparto, ni sus ideas, ni su filosofía de la vida. 
Para mí tan sólo cuentan los hechos, la gente decente y los que son fieles a su ideario pero que respetan al contrario… O simplemente que sean un poco sensibles. Eso creo que es la democracia.
Naturalmente que ―al cumplirse este aniversario―, me gustaría que fuese recordado como lo que fue: un político de valía e intachable actuación, además de defensor de la causa obrera a través de la UGT del municipio y servidor público por encima de todo. 
Esperando que esta carta sirva para poner en su conocimiento y del consistorio esta fecha ―que al menos yo considero relevante―, aprovecho la ocasión para ponerme a su disposición por si desea alguna aclaración al respecto y saludarle a usted como representante legal de la villa, a la vez que a todos mis paisanos.
Un abrazo para todos.
Y nunca hubo respuesta...

 

Sobre mí como autor.

 

Nací en Zújar (1952, Granada, España) y estoy afincado en Badalona. Autor de novela y cuento con títulos publicados en España, Colombia, México y USA.

 

Soy co-fundador de AEAGRA

(Asociación de Escritores del Altiplano de Granada y Pozo Alcón (Jaén) y colaborador del Centro Andaluz de las Letras de la Junta de Andalucía.

 

Finalista en el premio Azorín de novela 2012 de la editorial Planeta y la Diputación de Alicante con la novela “Al lado de tierra santa”  Número uno en ventas en todo el mundo de la editorial Umbriel (Urano) en formato electrónico.

 

Finalista en el premio Hispania de novela histórica 2013 con la novela “Te esperaré en la Alcazaba”

 

Diploma de la fundación literaria Argentina Internacional por el trabajo “El último viaje de mi amigo”

 

VII  Premio de Cartas de amor de la biblioteca de Cúllar (Granada) 

 

Desde hace años que escribo historias y novelas para mis hijos de los que algunos se han publicado y otros quedan por ahí...

 

 

Un poco más sobre mí:

 

Entré al colegio público a los 7 años.

 

Mi niñez, a pesar de los míseros tiempos que corrían, fue perfecta. Mis primeros andares por la vida no pudieron ser mejores pues, aunque nada teníamos, apenas nada necesitábamos. Además allí teníamos campo, naturaleza y, sobre todo, libertad.

 

A los 11 años, después de acabar los estudios primarios y lo que entonces llamábamos "el ingreso" en un curso doble, gracias a don Juan Olivér Pérez, mi gran referencia de maestro que fue el que me preparó para examinarme (gratis) junto a varios cientos de casos similares de la comarca de Baza. Dos conseguimos plaza de internados en un colegio de Granada y,  mediante sendas becas con que el régimen de entonces premiaba así a unos pocos privilegiados, me fui a estudiar a la capital.

 

Y empecé bachillerato en Granada.

 

Más tarde, a final del año 66 y por motivos familiares, nos fuimos a vivir a Barcelona toda la familia. Sin embargo nunca me despegué de mi tierra y, ahora, que tengo más tiempo libre, vivo casi con un pie en cada sitio. En Barcelona compaginé trabajo y estudios, dirigí de joven alguna empresa, después fundé una sociedad mayorista en el gremio eléctrico y posteriormente fui constructor de edificios, que acabó esta funesta crisis que padecemos actualmente.

 

Me considero admirador de los escritores de las generaciones del 27 y del 98, lo que parece ser que se refleja un poco en mis textos.

 

Empecé a escribir tardíamente, pues nunca antes dispuse de tiempo, pero de manera casi casual y en un momento delicado, escribí una novela para mi hija María del Mar en un cumpleaños suyo y desde entonces repito cada año.

 

Actualmente espero el momento de poder jubilarme para dedicarme por completo a mis cosas: la escritura y el campo.

 

(Aunque creo que al ver como pagan a los que hemos trabajado toda una vida, me parece que empezaré a adelgazar cuando eso llegue)

 

 

 

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© Antonio Medina Guevara